jueves, 29 de marzo de 2018

La hora de Ciudadanos

Los próximos meses continuarán siendo los más convulsos de nuestra democracia. La nación se encamina de forma inexorable a la España descafeinada, donde los valores y pilares que han constituido nuestro gran país durante siglos se tambalean a empujones de los enemigos de España. El gobierno de Rajoy tras el fiasco del 155, se enfrenta a un escenario kafkiano: el presidente de la comunidad autónoma más rica de España fugado de la justicia sin una orden de busca y captura del gobierno encargado de hacer cumplir la ley. La sociedad catalana está fracturada y cada vez más abocada a conflicto civil en cuanto la minoría secesionista pretenda imponer su dictadura a la mayoría. Mientras, los policías abandonan el Piolín, tan emboscados como nuestros soldados saliendo de Irak para evitar la vergüenza. Un artículo 155 que será derogado el próximo día 16 porque sólo tenía un objetivo ya cumplido, dar legitimidad a Puigdemont y al secesionismo; ya sólo queda negociar el referéndum inmoral e ilegítimo, y aspirar a que los constitucionalistas lo ganen. No se equivoquen, con los secesionistas en la Generalidad cualquier referéndum en Cataluña sólo tendrá un resultado, la independencia.
El Partido Popular tiene a su presidente en el exilio abrazado a la encuesta de población activa como su único asidero político; pero no es suficiente. Con los sueldos que hay en España y un modelo de competitividad basado en competir en precios, tener muchos empleos no es suficiente y basta ver las cuentas de la seguridad social para darse cuenta que no vamos por el buen camino y que esta política económica nos llevará a una depresión perenne. La gran paradoja es que cuanto más se desplaza el electorado europeo al centro derecha, el Partido Popular se encuentra más perdido.
Pero el mayor problema que tiene España a mi juicio ni siquiera es Cataluña o Rajoy, es la falta de confianza en el futuro. Los líderes políticos sólo tienen una misión, ofrecer esperanza a los ciudadanos, y las dos columnas de nuestro sistema de partidos de los últimos cuarenta languidecen, perdidos en el mare magnum de la indiferencia. El Partido Popular no va a sobrevivir a Rajoy, porque éste es como el eucalipto que, para dar madera de baja calidad rápidamente, esteriliza la tierra sobre la que se siembra. Pedro Sánchez es también el eucalipto del PSOE; tanto ruido generar tanta crisis interna que lleva al PSOE a la fragmentación y al enfrentamiento. ¿Para esto, o sea para nada? La única aspiración de Pedro Sánchez es cosechar en las ruinas de Podemos unos escaños para reafirmarse, pero no creo que vayan a ser tantos, porque es el modelo de izquierda radical el que está agotado. El giro al centro liberal progresista en Europa es tan intenso que acabará devorando a los moderados de los dos grandes partidos, que inertes ante la incapacidad para vivir en gobiernos de colaboración, se irán desgastando.
Luego vendrá la sangría de la fuga segura de los que hacen de la política su modo de vida, que son miles de cargos nacionales, autonómicos y locales, que antes que perder el puesto se echarán en brazos de los partidos ascendentes, porque el espíritu de supervivencia es superior a cualquier postulado ideológico, y por ahí le pueden venir las células cancerígenas al partido de Albert, necesitado de cuadros y líderes conocidos para que no parezca un salto al vacío; el otro gran riesgo que debe afrontar.
Lo bueno de España es que el diagnóstico lo tenemos desde que Ortega escribió la España invertebrada o desde Larra; conocemos la enfermedad, pero nos resistimos a curarla por miedo a qué haremos cuando estemos sanos. ¿De qué vivirán todos los que han hecho de esta enfermedad que han creado, su modo de vida? Rajoy ha hecho de la enfermedad crónica su estrategia política; ¡Estamos tan enfermos que debemos estar felices de no estar muertos o de empeorar!
En 2018, el único doctor que tiene la capacidad y la intención de empezar el tratamiento es Ciudadanos; esperemos que no le tiemble el pulso y adopte los pasos correctos y sepa cuidarse mucho de la legión de monipodistas y exiliados políticos que acudirán en masa trayendo en la mochila su actual puesto o a su grupo de cheerleaders como sus grandes activos. El partido naranja tiene ante sí un reto enorme, las elecciones autonómicas y locales de 2019, en este país se gobierna el día a día en las regiones, y necesita ir reforzando las estructuras electorales de cada provincia y comunidad autónoma, para superar el estigma de que Ciudadanos es Cataluña, Madrid y Albert Rivera. No hay más que leer la prensa regional para darse cuenta de que todavía separa un gran trecho a Rivera de la calle, fuera de los grandes núcleos de población.
Pero Ciudadanos lo tiene todo a su favor, ya sea por la indiferencia de unos o la parálisis de otros. Frente a los que pretenden imponer modelos regionalistas o nacionalistas, la respuesta es más España. Este ha sido el éxito de Ciudadanos en Cataluña. España es demasiado importante como para esconderse o maquillarse de una suma de particularismos. Si Ciudadanos sólo tiene que defender el estado de bienestar, la unidad estatal y la sanidad institucional para ser el partido mayoritario en España.
Nos encaminamos hacia un panorama político incierto; hasta ahora el ejercicio de responsabilidad de Ciudadanos apoyando al PP a nivel nacional, y a los partidos mayoritarios en las comunidades autónomas, pero exigiendo transparencia y cambios, le ha dado muy buenos resultados; pero esto no durará eternamente. El Partido Popular tiene ante sí un gran drama: enfrentarse al secesionismo abiertamente y arriesgarse a perder el gobierno por la falta de apoyo de todos los que harán leña del árbol caído, o buscar fórmulas de acuerdo con nacionalistas y Rivera que le garanticen más estabilidad en la esperanza de que el tiempo arregle las cosas. Las dos vías tendrán un gran coste electoral para el PP, y esa es la oportunidad de Ciudadanos de convertirse en la fuerza política mayoritaria en España superando al PP y atrayendo el voto moderado del PSOE.
Pero el partido de la Ciudadanía debe superar cierto halo de inocencia; ha llegado la hora de la verdad, la de Ciudadanos, y el partido debe demostrar que tiene un plan para España, que se engarce con la tradición del votante del PP que ha visto cómo su gobierno ha traicionado sus principios fundacionales; la defensa de España, la economía liberal y la reducción de impuestos; y también con la socialdemocracia del PSOE que recela mucho de los postulados de Pedro Sánchez que asustan a una clase media que no quiere que le hablen de subir los impuestos para financiar más bienestar que nunca terminan de percibir.
Pedro Sánchez y Mariano Rajoy aspiran a subir un poco para autocomplacencia reivindicativa interna y luego buscar cómo sacar un gobierno mediante el saqueo del presupuesto de todos, pero ahora Ciudadanos puede convertirse en la primera fuerza política a nivel nacional y dinamitar esta estrategia. Sin embargo, Albert Rivera no tiene enfrente a dos corderos dormidos. Si el Partido Popular gestiona de una manera decente la crisis catalana, mantiene los datos de crecimiento económico y ofrece un candidato alternativo más alineado con el tradicional votante del partido, el electorado del centro derecha podría renovar su confianza en el Partido Popular, que sigue siendo una formidable maquinaria electoral en el caladero del centro derecha, y disminuir el efecto naranja.
Por la izquierda lo tiene más fácil, ya que la renovación no se producirá hasta que haya elecciones. Si el PSOE no gobierna, Pedro Sánchez deberá abrir paso a una renovación en el partido, aunque quizás para entonces no haya quien lo renueve; Si gobernara con el apoyo de Ciudadanos lo que implicaría que fuera la primera fuerza política, su desgaste sería enorme, pero sinceramente es un escenario que nadie se cree, y las encuestas así lo vienen demostrando. En mi opinión el éxito de Ciudadanos es la suma del fracaso de los dos grandes partidos. Una mayoría de la población quiere votar al PSOE de la socialdemocracia, pero no lo encuentra; otra mayoría coincidente parcialmente con la anterior quiere votar al PP de menos impuestos y más España, pero tampoco lo encuentra.
De lo que no nos damos cuenta, es de que España se desangra mientras vivimos en una hoguera de las vanidades donde, como la orquesta del Titánic, se ignora el hundimiento, alabando que el ritmo no es muy rápido; confiados en que otros se hundirán primero, ¡vaya consuelo! Y así no podemos seguir. De verdad, ni la economía va bien a largo plazo, ni se resuelven los problemas estructurales y ahí están los datos demográficos; ni sabemos cómo conciliar a todas las sensibilidades nacionales y tenemos la percepción de que la política se ha convertido en algo sucio al ver el constante paseíllo por los tribunales de cargos, del pasado nos dicen, del Partido Popular y por supuesto en menor medida ahora, del PSOE, que también tiene su mochila en esto y sobre todo de los nacionalistas catalanes, los grandes expertos y maestros en el arte del desfalco y el despilfarro, eso sí con lacito amarillo; al menos para saquear han demostrado más inteligencia política.
Ciudadanos, ante la deriva del PP y el PSOE, es la última oportunidad para España para evitar la catarsis colectiva. Pero el partido naranja debe tener clara una idea; para hacer lo mismo, mejor nos quedamos con los expertos. No hay excusas para no poner en marcha una atrevida agenda reformista. Sin aventuras rupturistas, con nuestra Constitución y las Instituciones sobre las que se sustenta, con una decidida apuesta por la igualdad de todos los españoles con independencia de donde vivan; por unos servicios básicos esenciales que garanticen la justicia social y sobre todo por un sistema electoral que termine con la corrupción política y económica. Y lo más importante que no les tiemble el pulso antes los que quieren derrotarnos política y moralmente.

Cuando Castilla era el centro del mundo

En estos años de escaso y acomplejado orgullo nacional, parece que queramos obviar incluso aquella brillante parte de la historia en la que el sol no se ponía en el imperio español. El dos de febrero de este año se celebra el quinto centenario de la incorporación de América a la corona de Castilla, aprobada por las Cortes en Valladolid. En cualquier otro gran país con pasados imperiales, y que se cuentan con los dedos de una mano (y sobran dedos), un hecho de esta magnitud y trascendencia hubiera sido motivo sobrado de celebración, fastos, ciclos de conferencias y reuniones internacionales de alto nivel; incluso a paradas militares.
Pero España reniega de su historia. Se empeña en ser pequeña y olvida la épica que supuso que una partida de desgarramantas, olvidados de la tierra y nacidos en la España profunda se metieran en unos cascarones a cruzar el atlántico en busca de gloria. No importaban las tempestades, los huracanes, el clima o las alimañas; la ambición castellana no tenía límites, ni siquiera los que Dios nos había impuesto durante siglos creando un Mar tenebroso, más allá de la Torre de Hércules.
Ahora España es un país donde sólo desfilan los enemigos de España y no sus soldados; una nación, o algo parecido, donde sólo se celebran actos políticos sin mayor trascendencia que glorificar una idea diminuta que, en manos de voceros populistas, pretenden convertir en dogma. Donde la autoridad se cuestiona, cuando no es cómplice del delito. Y donde la política no se basa en acometer grandes hazañas, sino en pasar desapercibido, a la recachita, sin asomar la cabeza, no vaya a ser que un compañero se la corte por indolente.
Hubo un tiempo, hace ahora quinientos años, en que una reina se alió con un mercachifle genovés en una pobre Castilla, mísera y sin recursos. La reina envió al genovés a cruzar el océano donde bestias inmundas esperaban para tragarse a cualquier incauto que osara cruzar los mares. La Católica desafió al Dios de su época por hacer más grande a Castilla. Porque esta tierra de grandes planos de tierras ocres, con pequeños ríos escoltados por álamos y chopos, durante un siglo que llamamos de Oro, lideró el mundo. No fueron alemanes ni franceses los que llegaron desde Veracruz a Tenochtitlan; ni ingleses los que, desde Cartagena de Indias, bajando el rio Magdalena llegaron a conquistar imperios con más extensión y antigüedad que la propia corona castellana, y apenas con un pelotón de hombres, recios y valientes, como pocos. Fueron estos españoles los que llegaron hasta la Antártida y el Ártico, desde el Atlántico al Pacifico, y de ahí saltaron a las Filipinas en nuestras antípodas. Y no con los galeones del siglo XVIII, ni con el tren o el avión; sobre todo andando y a caballo con pesadas armaduras y con espadas y arcabuces.
La incorporación a la corona de Castilla de América tenía sobre todo un objetivo, dotar a todos aquellos territorios de las leyes y los derechos de Castilla. Mientras que otros imperios hicieron de la esclavitud su modo de vida, la corona de Castilla apenas recién iniciado el descubrimiento prohibió esclavizar a los indígenas y les otorgó el derecho de ser propietarios de sus tierras. Pero ya España desde entonces barruntaba las causas de su crisis; que las leyes no se cumplen porque el estado era incapaz de extender su ley y poder a más allá de cincuenta leguas de sus palacios donde habitaban sus monarcas. Un tiempo en el que en palacio era más escuchado fray Bartolomé de las Casas defendiendo a los indígenas, que Hernán Cortes defendiendo su conquista.
Es cierto que grandes tropelías se cometieron por hombres de tan diversa condición, pero no tanto en la conquista sino en la explotación de aquellos territorios por los que se convirtieron con el tiempo en la nueva clase dirigente, de origen europeo, algunos de los cuales hoy se visten de indigenistas, cuando fueron sus ascendientes los que cometieron grandes injusticias. Pero en la historia de los imperios, si lo comparamos con el mongol, el romano, el persa, el inglés o en mucha menor medida el francés y no digamos el belga, podemos afirmar sin sonrojo que la conquista española de América tiene muchos más claros que sombras.
Castilla llevó su lengua a medio mundo, y hoy gracias a esta increíble aventura mil millones de personas en todo el mundo hablan nuestro idioma común. ¿Qué sería España hoy en el mundo sin este hecho de extraordinaria trascendencia?; no sería nada; si no hubiéramos conquistado América y llevado nuestra cultura, hoy nuestro país no existiría.
Castilla fue quien, entre los restos de guerras de reconquista interminables, daba a luz a Cervantes, Lope de Vega, Velázquez, Góngora, Quevedo; Castilla atraía a artistas de medio mundo como el Greco. En la universidad de Castilla, que celebra ahora su octavo centenario, nació el derecho de gentes, el que regula las relaciones entre los países, por mucho que un tal Grocio quiera arrogarse su paternidad. Fue Castilla donde nació la teoría monetaria moderna; o sea la economía; donde se redactó la primera gramática y también donde la primera mujer profesora de la historia de la humanidad dio clases. Todo eso ocurrió en esta seca y fría Castilla, que hoy también está cubierta de nieve igual que aquel día de febrero en que las Cortes en Valladolid decidieron, cuando ni siquiera eran capaces de adivinar la trascendencia de su decisión, convertir a Castilla en el reino más grande y rico del mundo.
Ahora que se esparce la idea de la España negra, alegando de las incapacidades de reyes y nobles para gobernar estos territorios, debemos reivindicar a aquellos monarcas, emperadores como Carlos I, al cardenal Cisneros del que también celebramos el quinto centenario de su fallecimiento, y un largo etc. de prohombres que lideraron este proyecto de universalidad castellana.
Castilla lideró España y el mundo durante más de un siglo, precisamente cuando la modernidad se imponía sobre la oscura Edad Media; el pendón de Castilla se clavó por los campos de Italia, por Flandes y medio Europa, y también en Orán y en Filipinas y en la Guinea. Castilla dispuesta a enfrentarse en guerra sin cuartel contra Francia e Inglaterra cuando éstas eran las más grandes naciones del mundo conocido y a llevar el cristianismo y su lengua a todos los rincones del mundo.
Los castellanos nunca fueron bien tratados por sus gobernantes, más dados a conceder privilegios a los de fuera que a los propios. Precisamente esto les hizo acometer grandes aventuras. Castilla se extendía desde Guetaria, la patria de Juan Sebastián Elcano, que hace quinientos años, el año que viene, también inició la primera travesía alrededor del orbe. Y Oñate, la patria del loco Lope de Aguirre hasta la tierra dura de Pizarro, Pedro de Valdivia y Hernán Cortes y hasta el extremo sur jerezano de Alvar Núñez de cabeza de Vaca que desde la Florida llegó hasta California, en otra aventura épica digna de Hollywood. Lo único que le ha faltado a España para haber mantenido esta grandeza fueron Samuel Goldwin y John Ford.
Imagino que este quinto centenario no agradará a todos estos líderes populistas y genocidas que hoy gobiernan en algunos países, como en la querida Venezuela, pues es lo que hay. La historia es la que es, por mucho que nos pese o nos disguste, y hubo un tiempo, hace ahora quinientos años, que Castilla emprendió una de las aventuras más apasionantes y determinantes de la historia de la humanidad.
Por eso ahora que algunos sacan pecho de un plan Moncloa para acabar con el secesionismo; o cuando los negacionistas de España pretendernos convencernos de que no somos nada ni nadie; cuando los populistas pretenden exaltar las miserias humanas para sacar rédito político y cuando los nacionalistas pretenden reinventar la historia para empequeñecer los grandes logros de Castilla que es España, como lo es Cataluña, Canarias, Cartagena y Galicia, debemos tener claro que nuestra fortaleza, la que nos permite resistir siglo tras siglo a los que pretenden destruir esta realidad nacional, es este pasado común, esta épica española destinada sólo para grandes hombres, los que ha dado esta tierra durante generaciones. Con todas sus sombras y con todas sus tragedias que son muchas, pero con toda su grandeza y transcendencia.

Bienvenidos al PSOBE

Bajo el atractivo y recurrente lema de dar la voz a la militancia, Pedro Sánchez se desliza de una manera vertiginosa a la constitución del Partido Socialista Obrero Bolivariano Español; un ejemplo de democracia directa, o más bien de una relación y comunicación directa entre el líder y todos y cada uno de los militantes. En un modelo en el que estos últimos serán incapaces de agrupar ninguna idea o proyecto al eliminarse la capacidad de articular iniciativas ante el descabezamiento de los niveles intermedios del partido, donde se generan las ideas, los proyectos, las candidaturas. Una vez más, se pretende vender como más democrática la democracia popular; pese a que la historia se empeña en demostrarnos que es la menos democrática forma de democracia, eso sí amparada por un bello pero aparente paraguas de democracia.
La deriva totalitaria es cada vez más clara en el partido socialista acabando con una tradición que se remonta a sus propios orígenes. ¿Cómo mostrarse como un partido federal cuando se niega el poder de las federaciones? ¿Cómo hablar de nación de naciones cuando se le niega la más mínima interlocución al interior del partido?
El nuevo reglamento del PSOE parece redactado por Nicolás Maduro. La mejor manera de evitar a la oposición es desarmarla eliminando los cauces que permitan articular opiniones y críticas internas. La dialéctica planteada por Pedro Sánchez de ser el candidato de la militancia contra los barones es falsa y además torticera. Pretender además imponer un modelo autoritario un líder que lo es, sin contar con la mayoría absoluta de los militantes, es una muestra de que existe aversión a la democracia y sí mucho miedo. Una iniciativa que sólo se explica desde la debilidad.
Pretender limitar la crítica interna especialmente en el uso de las redes, que se han convertido en el principal cauce de la libertad de expresión, es una práctica más propia de Erdogán o del presidente chino que de un partido democrático en Europa. Y este texto es lanzado por aquél que más usó las redes y la crítica interna para imponer su candidatura. Pretender generar un debate interno en cada agrupación con fuerte repercusión pública exigiendo un mínimo de avales, ni es más democracia ni hace más fuerte al partido, sino que le expone mucho másfrente a los que pretenden debilitarlo.
En estos meses en la Secretaría General de Pedro Sánchez ya nos hemos percatado de que no había dos modelos de entender la política; no se trataba de los pactos ni de la justicia social ni de una política de izquierdas; se trataba de ocupar un espacio político para, desde ese púlpito, pretender que una militancia desorganizada sólo tenga como alternativa refrendar los postulados del líder supremo.
Un candidato que llegó renegando de la abstención pero que no ha hecho nada por derrocar al supuesto candidato de la derecha y de la corrupción. Sólo había una razón para limitar el enfrentamiento político con Rajoy: disponer del tiempo y de las circunstancias para laminar la oposición interna, mientras deja que Pablo Iglesias se desangre. Todo, hasta percatarse de que la táctica Rajoy les funciona a todos: no asomar la cabeza.
Los estatutos pretenden dar la voz a los simpatizantes. Unos simpatizantes que no pagan sus cuotas, ni asisten a las reuniones de los comités o casas del pueblo. Los estatutos tampoco dicen qué se entiende por simpatizante, sobre todo teniendo en cuenta que el voto es secreto. Me imagino que bastará con apuntarse a una lista que no se sabe ni quién ni cómo se controla, pero que determinará quiénes serán los candidatos a la presidencia. Suponer que los militantes de un partido son el mejor botón de muestra de la sociedad, constituye un craso error, pero ya en esto cada partido es libre de decidir cómo elegir a sus candidatos. Las elecciones dictaminarán si el modelo es bueno o malo, pero cualquier otro medio de elección al interior de los partidos resulta igual de democrático siempre que existen unas reglas de juego claras y aprobadas por todos.
Si un partido político fuera una logia masónica o un club de fútbol donde los dirigentes deciden a su antojo con el refrendo de la militancia, estas decisiones internas no debieran preocuparnos; pero cuando, como es el caso de las democracias occidentales, los partidos políticos son una organización de rango constitucional con unas funciones claves en el funcionamiento de nuestro sistema democrático, lo que sucede al interior de los partidos constituye una preocupación de todos. La corrupción al interior del PP es una cuestión que daña al sistema democrático, aunque solo haya afectado patrimonialmente al propio partido; por la misma razón partidos que pretenden soslayar la democracia internar para instaurar el caudillismo, constituyen una amenaza al normal funcionamiento de las instituciones.
Cuando el retorno del Jedi se justificó en la necesidad de destruir los elementos que le llevaron a dimitir, como si se hubiera tratado de un golpe de estado contra las normas internas aprobadas, es de un egocentrismo inasumible a mi juicio para el único partido centenario que existe en España, y que es y debe ser parte fundamental de la columna vertebral de nuestro sistema democrático.
No se trata de dar más poder a la militancia, esto es un canto al sol, para que aquellos militantes que votaron a Pedro Sánchez y que estuvieron en desacuerdo con los acontecimientos del pasado primero de octubre de 2016, se sientan amparados y reforzados; pero sólo lo serán si su opinión no cambia, y no olvidemos que la política es tremendamente voluble. Se trata en definitiva de unos cambios que pretenden eliminar la oposición interna organizada, como si en una institución democrática tener crítica interna fuera una amenaza a la democracia o a la fortaleza del partido.
A poco más de un año para las elecciones autonómicas y locales, esto será un mazazo para las estructuras sobre las que realmente se organiza el partido. Seguramente habrá muchos militantes que se felicitarán de que muchos cargos regionales que no estaban en la línea del actual secretario general sean defenestrados y castigados, pero no pueden olvidar que, en un partido federal, negar el paso y la influencia de Susana, Lamban, Ximo, Fernández Vara, García Page, Javier Fernández, los presidentes socialistas de las comunidades autónomas, es cercenar las posibilidades de una remontada electoral. Pretender crear en un año candidaturas alternativas para satisfacer a esta militancia profundamente sanchista, sería un error de consecuencias incalculables.
Pretender que un cargo público no puede aspirar a un puesto político sólo puede tener como fundamento que existe la duda de que haya habido comportamientos deshonestos por parte de los cargos públicos del partido en los procesos electorales, y que es mejor destronarles para que puedan competir en supuesta igualdad de oportunidades. Lo que llama la atención es que la inmensa mayoría de los cargos públicos del partido estaban alineados en las primarias con Susana, por lo que esta limitación sabe más a vendetta que a pureza democrática.
La democracia representativa constituye sin duda el mejor modelo ya que permite organizar a la militancia desde los niveles locales e ir subiendo para que las voces puedan oírse. Pretender que sea la militancia directa la que decida todo, persigue primero limitar por incapacidad física las decisiones reservadas para los militantes, de manera que entre el líder y los decenas de miles de militantes existirá una gran brecha en el día a día; y cuando lleguen las decisiones importantes, una vez laminada la crítica interna y las estructuras intermedias, ¿quién va a poder hacer sombra al caudillo?.
No sé exactamente cuáles eran los problemas internos del Psoe que requerían de estos cambios, más allá de que no puedan volver a obligar a dimitir al actual secretario general, pero me temo que la pérdida de militantes en los grandes partidos tiene mucho que ver con la falta de debate interno y sobre todo por el abandono de las ideas para pasar a la pragmática de los intereses del líder; ocurre con Rajoy y ahora Pedro Sánchezbusca en este modelo precisamente blindar su secretaría general. En un caso impidiendo que la militancia tenga voz alguna, y en el otro impidiendo que los barones puedan ejercer de mando en plaza. En ambos modelos se equivocan. Los partidos necesitan más transparencia, más responsabilidad corporativa, más crítica y más dialogo y también mucha menos exposición pública de las discrepancias que deben canalizarse y resolverse al interior de los órganos decisorios y no en Facebook o en los medios afines; mas militantes que pueden participar en todos los niveles del partido y menos marketing para satisfacer a los que todavía no han superado el trauma de la gestora que sustituyó a Pedro Sánchez. Se trata de restablecer puentes y de que las heridas suturen, no de poner fronteras ni muros para controlar a la oposición.
Veremos cómo el partido y sus federaciones responden a esta propuesta, pero si el PSOE abandona sus modelos por una deriva bolivariana, estará primero enterrando sus posibilidades electorales y sobre todo dará alas a partidos que tienen mucha más tradición de radicalismo y caudillismo. El ejemplo del SPD alemán es un excelente modelo de compromiso con su país, con sus instituciones, de democracia interna y de auténtica voz de la militancia; lo que aquí se pretende es un modelo peronista; en lugar de un líder para el partido, un partido para el líder.

Poper, los nacionalismos y la libertad

Escribía Kant que el objetivo fundamental de las leyes es permitirnos la mayor libertad de cada uno en coexistencia con la mayor libertad de los demás, lo que significa que la libertad para bien o para mal, debe estar limitada y definida por la Ley. En definitiva, sin ley ni orden, la libertad no es posible. Pretender creer que la política está por encima de la ley es propio de tiempos y lugares que debieron extinguirse con la llegada del imperio romano.
En estos días de asueto independentista, ocupa los debates, y de manera reiterativa en nuestra historia, la cuestión de la igualdad y la libertad de todos los españoles con independencia de donde hayan nacido o hayan decidido vivir. La sola existencia de la discusión es un claro síntoma de una enfermedad que se antoja incurable. Que esta desigualdad tenga un amparo legal y político, dinamita el concepto de libertad que tanta precisión y belleza describió el genio de Konigsberg.
Popper hablaba con gran razón de la "herejía del nacionalismo", o más bien del estado nacional. La principal equivocación de esta idea es suponer que los pueblos o naciones existen antes que los estados como si fueran sus raíces, cuando es justo lo contrario, son los estados los que crean a las naciones. Pretender creer que, sobre una base racial, cultural o idiomática, se puede, incluso se debe, crear un estado nación, es negar la teoría de la evolución de Darwin. Es como intentar detener la evolución de la especie humana en el Austrolopitecus y tele-transportarlo al mundo actual, sólo porque en este momento de la evolución nuestros privilegios estaban más protegidos.
La libertad requiere de la ley y ésta es monopolizada por los estados, de manera que el nacionalismo, en sí mismo, es una negación de la libertad porque le niega al estado su capacidad de legislar sobre la tribu. La igualdad, decía Popper, ante la ley, no es un hecho, sino una exigencia política basada en una decisión moral y es independiente de la teoría, presumiblemente falsa, de que todos los hombres nacemos iguales. Si negamos la igualdad frente a la ley de todos, con independencia de las condiciones o decisiones personales, estamos cometiendo una gran inmoralidad, quizás la mayor que un estado puede ejecutar contra sus ciudadanos.
Ciudadanos ha abierto un melón que era un tabú en España, porque en nuestro país todas estas consideraciones han sido obviadas en la creencia de que nuestro estado es una suma de distintas raíces tribales o nacionales, renegando de la tesis darwiniana; obviando que el estado nación quedó superado por Kant y todo el entramado político, económico, filosófico y cultural posterior. España no es la suma de voluntades tribales o regionales, sino producto de una voluntad colectiva.
Los privilegios de una tribu sobre el resto de la comunidad estado, de una lengua local sobre la de todos, constituye el ejemplo más aberrante de que el tradicionalismo medieval pervive todavía en España y utiliza los mismos nombres que datan de la Edad Media: lendakari o Generalidad. Pero no nos engañemos, lo que pretende el fomento de la desigualdad es el mantenimiento de unos privilegios de unos pocos sobre el conjunto.
El nacionalismo se empeña en retroceder en la película de nuestra historia hasta encontrar el momento raíz de su identidad y traerlo al día de hoy. Es como si yo pretendiera regresar a los veinte años y volver con ellos a mi mundo; pero no a los diez ni a los treinta, sólo a los veinte, cuando me encontraba en mi mejor momento, totalmente absurdo.
Pero la libertad también exige moralmente la protección de las minorías lingüísticas, religiosas, culturales dentro de cada estado de los ataques de la mayoría; casi diría que la principal razón para la existencia de la ley y del gobierno es la protección de las minorías, y por tanto de los derechos de la tribu a preservar sus elementos diferenciadores, pero nunca a costa de la libertad y la igualdad. Si el gobierno flaquea en este objetivo, pierde su razón de ser. Por esa razón, que los partidos políticos se hayan mostrados reacios a reconocer que la lucha contra el independentismo es sobre todo una exigencia moral basada en los dos principios inalienables de nuestra existencia democrática: la libertad y la igualdad ante la ley, constituye la irrefutable prueba de que los partidos tradicionales necesitan una gran refundación.
No pueden seguir al pairo de la opinión pública, porque como dice Popper, no se dan cuenta que, por su anonimato, la opinión pública es una forma irresponsable de poder, y especialmente peligrosa cuando emana y se conforma desde los aparatos del estado, convirtiendo a nuestro sistema en una dictadura de los medios que ahoga la libertad para la defensa de intereses de la minoría frente a la gran mayoría.
El drama de España es muy similar al de Rusia; países que pasaron del absolutismo al radicalismo y de ahí a la democracia, sin haber sido tamizados por el filtro de las revoluciones liberales, como sí ocurrió en el resto de Europa. Es decir, a España le faltó un proceso de la evolución social y cultural occidental, y los problemas que el liberalismo pudo resolver en una determinada coyuntura, son insolubles con las reglas de la democracia del bienestar del estado actual. Hemos dado tanto valor a la paz que estamos dispuestos a renunciar a nuestros derechos individuales en aras de evitar el conflicto, en nuestro caso territorial, negando la evidencia de que necesitamos, como sociedad plural y moderna, un claro conflicto de ideas y de valores por los que debemos luchar.
La paz del silencio y la resignación a la que pretenden conducirnos los nacionalistas y los partidos tradicionales, constituye una rendición sin paliativos de la libertad y la igualdad en España. Sin conflictos ni lucha por los derechos seríamos una legión de hormigas y no una sociedad avanzada.
El estado de bienestar resulta tremendamente peligroso y pernicioso en la defensa de estos valores universales. El estado nación se defiende y justifica en la amenaza a la minoría, que en su territorio tribal es mayoría, y sobre todo en la obtención de un mayor grado de bienestar. Solamente de esta manera se puede convencer a tanta gente de abocarse a un camino al pasado. Pero los españoles no nos damos cuenta de los peligros del estado de bienestar, que los tiene, y el principal es que pretende descargar a las personas de sus responsabilidades hacia sí mismas y hacia los que dependen de ella. Sacrificamos nuestra libertad personal en aras de un pretendido bienestar que pretendemos nos regale el estado como si fuera Papá Noel apoyado en una fábrica de bienestar infinito manejada por elfos. Pero debemos llamar la atención que cuando se liga nacionalismo con el estado social, se está enmascarando una ambición totalitaria disfrazada de Caperucita.
Ciudadanos llega a este debate casi doscientos años tarde, pero eso no supone que hayan perdido actualidad o categoría moral los valores de la libertad y la igualdad. Muy al contrario, reclamarlos y provocar, incluso si es necesario, un conflicto por su vigencia, es una exigencia a la que España no puede renunciar. Ciudadanos ha despertado conciencias que estaban adormecidas por la creencia de que estamos condenados a no ser libres ni iguales, en aras de la paz, y contra este adoctrinamiento de que o la igualdad o el caos, debemos decir que prefiero el caos con igualdad y libertad a la paz de la resignación.

Galanes y Gañanes

Desde que murieron los grandes líderes políticos que construyeron el mundo que hoy conocemos de las ruinas físicas y morales de la Segunda Guerra Mundial, del totalitarismo y del Holocausto, Europa, y no digamos España, continúan como un pollo sin cabeza, desorientados y a la vez desorientando a los ciudadanos que reciben propuestas políticas que poco o nada tienen que ver con su realidad y con sus necesidades.
El mundo que trajo la democracia a Europa acabará siendo finiquitado por el propio sistema democrático sobre el que se fundó el tremendo cambio económico y social de las últimas décadas. La democracia de los medios, de las redes, del oportunismo y del corto plazo, está ahogando la libertad política y económica y, sobre todo, nos conduce a un abismo que todavía no podemos ni aventurar.
Aquellos líderes tenían claro a dónde querían llevarnos y porqué. Apenas tenían apego a los cargos y sólo les guiaba el bien común. ¿A que les parece lejano? No es hora de hacer un largo listado de los arquitectos de la libertad y la democracia en Occidente, pero cualquiera de aquéllos se me antoja en otra galaxia respecto de nuestra realidad actual.
La actual democracia occidental se debate ente galanes y gañanes. Pero no se engañen ni se hagan ilusiones, existen numerosos casos en los que coinciden ambos atributos, los galañanes. El galañán es el político nacido al pairo de la caída del muro de Berlín, gestores grises que no necesitaban liderar ni amedrentar a sus ciudadanos con la amenaza nuclear; en el fondo buenistas, que creyeron que nada malo podía ocurrir y a los que el desarrollo económico de internet y del dinero fácil, les sirvió de motor de propulsión.
La época de los gañanes parece que toca a su fin, o al menos se toma un respiro. Esos políticos burdos, mal educados, que buscan tocar las fibras más sensibles de las personas aprovechando la oportunidad que produce una desgracia. Esto que llamamos populismo de izquierda o de derecha tradicional, tiene sus días contados, superados por los galanes; la nueva moda de la política europea. Quizás Trump sea el último gañan de un periodo que estamos llamados a superar. Pronto aparecerán en Estados Unidos, galanes dispuestos a vender una política amable; a fin de cuentas, ellos inventaron al primer presidente galán de la historia, JFK, encumbrado a los altares cuando apenas hizo algo más que bellos discursos.
Renzi, Macron, Trudeau, Rivera, Sánchez y el primer ministro austriaco, -les ahorro el nombre pues no lo conocerán- representan una nueva clase política basada en el reino de la imagen y de las palabras atractivas pero vacías de contenido. Capaces de decir una cosa, la contraria y además convencer a todos de que en ambos casos tenían razón. Una nueva política que pretende superar el modelo político de los galañanes, que nos ha conducido en los últimos treinta años.
Pero Europa y España no pueden fundarse sobre la ausencia de principios políticos, ideológicos o morales. Los galanes no pueden engañar a los votantes prometiendo que todo es posible, porque en economía y en política casi nada es posible ni factible. Prometer el paraíso en la Tierra sólo puede tener dos causas: conseguir el gobierno a cualquier precio o ser un inconsciente; por lo menos tengo la tranquilidad de que casi todos se agrupan en el primer caso. Que los policías van a Cataluña, a equiparar sueldos; que los pensionistas salen a la calle pues a subir pensiones; que los terroristas son inmigrantes pues a cerrar fronteras; ésta es la política que estamos creando y que no nos puede conducir a ningún buen puerto. El arte de la política consiste en adivinar cómo decir a la gente las cosas que no quiere oír y no alabarle el oído constantemente con todo aquello que sólo desea escuchar.
Esta pérdida de rumbo en la que contienden gañanes, galanes y galañanes, convierten cada elección en una incertidumbre que nuestra economía no puede soportar y de la que se aprovechan los que quieren debilitarnos, haciendo descansar sobre los ciudadanos una responsabilidad basada en informaciones tergiversadas e insuficientes que terminan en la frivolidad. El Brexit es un claro ejemplo de cómo estos cambios pueden conducirnos al caos económico y político.
En estos años estamos viviendo en una nueva burbuja económica de la mano de la revolución digital como lo fue antes internet, la eficiencia energética, o la electrónica. Grandes momentos de cambio que crearon a su vez grandes burbujas, y a la que siguieron profundas crisis de ajuste en las que se han quedado en el camino derechos y activos.
En estos años, nuestra economía disfruta de un sostenido crecimientobasado en fundamentos de los que recelamos los europeos. El petróleo está barato gracias al fracking en Estados Unidos. Somos más competitivos a base de competir con los salarios de China; y la digitalización de nuestra economía que será cada vez más independiente de los gobiernos, implicará, una simplificación de las relaciones entre los agentes económicos, que a corto plazo dañará el empleo mientras que los ajustes al nuevo modelo se producen, como siempre ha ocurrido. Pero la historia nos enseña que una nueva crisis de ajuste llegará a nuestras economías que tendrán unos fundamentos mucho más débiles: deuda inasumible, envejecimiento demográfico y una ambición de bienestar sin límites y una economía que se ha acostumbrado a que el dinero es gratis.
La próxima crisis terminará con las pensiones tal como las conocemos; acabará con el intervencionismo en la economía por los gobiernos, incapaces de controlar una economía que será autónoma, y manejada por los grupos de interés, grandes empresas y sobre todo por los ciudadanos. No hay más que ver el fantástico comportamiento de nuestra economía cada vez que no hay gobierno o presupuestos para percatarse del cambio. También finiquitará el sistema laboral proteccionista; y no porque no sea bueno sino porque la política y la sociedad se manejarán en pocos años como una cadena de bloques sin posibilidad de intervenir en los procesos de decisiones políticas y económicas. Adam Smith hablaba de la "mano invisible"; la economía a la que vamos no tendrá ni mano; si el resultado será más o menos justo, está por ver. No estamos para frivolidades ante los retos que se nos avecinan.
Durante décadas la opinión pública la marcaban los editoriales de El País o La Vanguardia y un puñado de articulistas deslumbrantes, que eran ansiados por los políticos para afianzar su poder. Hoy las redes generan miles de veces más información y crean decisiones y opiniones al margen de los telediarios y los periódicos impresos sobre los que han fundado el éxito de gobiernos y oposiciones durante décadas. Para ganarse a los medios bastaban los galañanes; para atraerse a la opinión publica de manera directa resultan mucho más directos los gañanes y los galanes.
Los galanes, son esta nueva raza de político de maneras amables, que como buenos jugadores de mus esconden sus cartas y apenas se tiran con un órdago en cuanto la partida se tensa para no perder protagonismo. Es muy posible que así no se pueda gobernar un país, pero es muy factible que sea suficiente para alcanzar el gobierno ante la incapacidad de los galañanes para ofrecer un programa creíble ahogados en sus propias indecisiones y en la corrupción que se ha generado a su alrededor, de la que han sido una externalidad positiva, razón por la cual nunca se tomaron en serio luchar contra ella. En nuestro país somos sufridores directos de estos fenómenos.
Nuestro nuevo escenario político se aboca a una contienda de galanes: Rivera, Pedro Sánchez, Artadi y quizás Cifuentes. Las encuestas muestran claramente que los gañanes están perdiendo fuelle y comienzan a ser desplazados por sus propios galanes. El galán Sánchez se aferra al doble lenguaje del socialismo tradicional y la economía liberal; no se confundan esto es imposible; ya lo intentó la socialdemocracia y tuvo que acabar renunciando al socialismo para mantener el progreso económico y social que permitiera la subsistencia del estado de bienestar. Artadi será presidenta por aburrimiento del sistema político catalán y gobernará siendo independentista, autonomista, europeísta y españolista, todo en el mismo saco, que hasta eso es posible en la Cataluña actual.
Rivera ha comprendido que tiene un gran activo, representar a la derecha sin la rémora del franquismo. El giro al liberalismo político y económico del partido naranja está más en línea con las necesidades y ambiciones del mundo actual que está derivando hacia el centro derecha de una forma evidente, ante la endeblez del modelo de la izquierda, perdida en discursos que enaltecen a sus militantes pero que ignora la realidad del mundo actual.
Los galanes nos urgen a elecciones para precipitar la caída del galañán, como si éste les fuera a facilitar el camino. Sánchez requiere ya su escaño para no desaparecer por inanición; Rivera necesita sus 90 diputados para ser presidente del gobierno, y se empeña en hacer saltar por los aires la alianza del PP con el PNV, que por esta misma razón se ha convertido, aunque no lo puedan decir muy alto, en el principal aliado del PP, con tal de mantener el cupo vasco ante un nuevo escenario político donde gane quien gane, el centralismo tendrá un peso mayor en el Congreso de la mano de Ciudadanos, y que va a ser una losa sobre sus aliados de coalición de gobierno. Para que lleguen los líderes habrá que esperar a que la crisis nos aboque a la racionalidad; ningún líder de la historia llegó en momentos de tranquilidad, así que de momento vivamos con lo que tenemos.