lunes, 15 de mayo de 2017

PEDRO SANCHEZ ABOGA POR LA MUERTE DIGNA… DEL PSOE



Cuando Pedro Sánchez anunció que entre sus principales preocupaciones estaba aprobar una ley de muerte digna y de suicidio asistido, nadie se percató que lo que realmente estaba preparando era el suicidio asistido del Partido Socialista Obrero Español. Lanzarse a una vendetta contra, los que de acuerdo a los estatutos, le echaron del cargo sólo podía tener una finalidad, terminar con la historia del partido político más antiguo de España para reivindicar su figura, como El Cid el Valencia, con la diferencia que este muerto está muy vivo. Soliviantar a una parte de la militancia contra otra para alcanzar unos objetivos políticos que en el caso de Pedro Sánchez son absolutamente contradictorios, y ahí están las hemerotecas, sólo puede perseguir la defunción de partido que fuera fundado por Pablo Iglesias, de otra manera no se entiende semejante obcecación.

No se trata de definir quién es mejor o peor de entre los tres llamados a la Secretaría General que hoy concurrieron a un debate que pasará a la historia por una rigidez que impidió que satisfaciera los intereses de los militantes y sobre todo de los potenciales votantes. Cualquiera de los tres candidatos en estos momentos sólo puede llevar al partido a un callejón sin salida porque de un proceso de ruptura al que se encaminan las primarias no puede salir nada constructivo, por muy buenas intenciones que declaren. La decisión de los partidarios con mando en plazas por un candidato u otro, se basa en la lógica del que resultó ganador o defenestrado en los procesos electorales internos y externos celebrados en los últimos años. Los que creen que pueden aspirar al poder que merecen y no ostentan en la actualidad están con Pedro, mientras que los que quieren conservar su actual cuota de poder votan por Susana, así de simple es esta confrontación. En definitiva, un partido en el más estricto sentido de la palabra.

Toda la estrategia de los aliados de Pedro es alcanzar el poder que le negaron los congresos autonómicos, provinciales o locales; es la rebelión de los perdedores y de los arribistas que, sin afiliarse al partido, pretenden arrogase un protagonismo y representación que no les corresponde. Un partido puede ser abierto, pero no anteponer a los de fuera frente a los que llevan toda su vida trabajando al interior de la formación política, porque ese es el final del partido como organización.


Todos somos conscientes de que el PSOE no va a recuperar con ninguno de estos candidatos los cuatro millones de votos que necesita para ser una alternativa real de gobierno. El PSOE que ganó desde 1982 hasta 1993 ya no existe y el zapaterismo nos llevó de cabeza a la Podemización. No se trata, como quieren hacer creer los tres candidatos, de una cuestión de estrategia ni de tactismo político. No tengo duda de que una gran mayoría de la gente quiere votar al PSOE porque hoy representa la centralidad política, pero es el que el Partido Socialista se empeña en que nadie le vote con sus problemas sin resolver. La razón por la cual los socialistas no han terminado con sus históricos problemas aflorados con la caída del Felipismo, no es porque no tengan claro su concepto de nación o de estado; ni tampoco por sus conflictos con la monarquía o la religión, ni por su posición frente al No a Rajoy o a la abstención, ni siquiera por la política de pactos. Se trata de política en democracia, lo que significa que puedes ganar sin pena ni gloria, si los demás te lo ponen a huevo como el PSOE a Rajoy en 2011; pero para recuperar el espacio histórico, el PSOE sólo necesita un líder nacional que sea visualizado en cualquier rincón de España como alguien capaz de unir más que de separar; que tenga un discurso coherente en toda España con los matices que requiere en cada lugar. El problema del PSOE es que está huérfano desde que Felipe se retiró con la dulce derrota de 1996, sin dejar cerrada la sucesión; el gran agujero por el que mueren los partidos. Nada une más a los partidos que el poder; y precisamente por esto es tan importante la victoria electoral, y para este objetivo estos candidatos no sirven.

Si los tres candidatos tuvieran sentido de partido deberían terminar con estas primarias, que pueden acabar siendo las ultimarías del partido y buscar un candidato de consenso, con experiencia de gobierno, que no se empeñe en crear un conflicto territorial o de folklore ni en tapar con alianzas sin sentido sus propias deficiencias. Un líder capaz de presentar una propuesta de honradez que aúne las políticas de protección social con el sentido de estado, que no sólo no son incompatibles, sino complementarias.

El debate ha mostrado que estamos ante modelos muy diferentes; uno es el de la resignación dispuesto a un gobierno a la portuguesa para salvar los trastes; el otro es el que aspira a renovar las viejas mayorías de gobierno, sustrayendo votos a izquierda y derecha. Es cierto que a nivel local y autonómicos los pactos de la izquierda han sido muy comunes; pero no nos engañemos la política se hace en el gobierno de la nación, en la política exterior, en la política fiscal, en la laboral, en la administrativa. Poner el Boletín Oficial del Estado y las relaciones exteriores de España con quien no cree en las leyes ni en España, es el mayor ejercicio de irresponsabilidad en el que puede caer el partido socialista y ésta es la clave de toda la discusión que se ha planteado en el debate y que ha quedado sin resolver.

El Partido Socialista tiene tres grandes retos consecuencia de tres soberanos errores a mi juicio.

El Partido Socialista es el partido del cambio en 1982, y sobre esta base se cimentó en los siguientes 30 años; pero los nacidos después de 1975, que hoy tienen unos cuarenta años no se identifican con aquel cambio. La izquierda que quiera gobernar este país necesita del voto de joven que sigue siendo mayoritariamente de izquierda, y los esquemas de viejos partidos, de casas del pueblo, ya no sirven. Ese socialismo murió y el único que ha sabido interpretarlo y capitalizarlo, ha sido Podemos.

El segundo reto es definir su modelo de estado; el federalismo que propugna no encaja con el nacionalismo que impera en sus federaciones de las nacionalidades históricas que aspiran a un modelo diferencial que nuestra propia Constitución reconoce. El Partido Socialista no puede competir con el nacionalismo, que es la antítesis del socialismo; sino que debe ser su mayor enemigo; los votos que pierda por el lado nacionalista los ganará entre los que hoy votan por Ciudadanos y Partido Popular en estas comunidades no por los que quieren la ruptura.

El tercer reto es su modelo económico. El PSOE sigue gobernando para los desheredados que cada vez son menos y que además votan menos. El PSOE debe ofrecer un modelo atractivo para las clases medias y asalariadas, que combine un esquema de protección con una política económica que garantice la iniciativa privada, una fiscalidad razonable que fomente el crecimiento económico y una sostenibilidad. Gastar lo que no se tiene es un gran error que las urnas no van a premiar.

Si el PSOE se empeña en enrocarse y no dar solución a estos tres grandes retos, podemos estar ante la crónica de una muerte anunciada. Si hace un profundo examen de conciencia, termina con el Sachismo que es un virus maligno que se ha extendido por el partido promoviendo la división, y entiende que sin el voto joven el PSOE está condenado al fracaso, habrá una oportunidad, sino estaremos ante un fracaso histórico cuyos padrinos tienen nombres y apellidos.

Pero lo cierto es que hay muchas papeletas de que esta herida sigue sangrando durante años porque todavía no ha aparecido el mirlo blanco que como en 1974 ponga al partido socialista en el camino de la Moncloa; de momento el mayor logro de este PSOE  será que otro gallego se perpetúe en el gobierno durante muchos años, aunque por lo menos Mariano Rajoy cuenta con el aval de las urnas.


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